Si la Fiesta Brava acabara…

Texto y fotografías: Mónica Bay

Desde hace algunos años, la permanencia de la Fiesta Brava se ha visto amenazada por una serie de movimientos tendientes a acabar con ella, como sucedió en Barcelona, donde en septiembre de 2011, se celebró la última corrida de toros en su Plaza Monumental. Sin embargo, y antes de que esto suceda en otros lados, los taurinos tenemos muchas cosas que decir.
Que alguien nos explique a dónde va todo lo que en esta batalla se pierde… porque la Fiesta Brava es mucho más que la muerte de un animal en el ruedo. Es pasión, es cultura, es historia, es tradición, es arte, es misterio, es misticismo, es filosofía de vida, es vocación, es disciplina férrea, es fuente de empleos, es equilibrio ecológico.
Los argumentos que se han dicho y escrito en defensa de la Tauromaquia son interminables y se han repetido hasta el cansancio, pero quizá el más válido de todos es que si desaparece esta tradición, desaparece con ella la raza de toros de lidia; no habría razón para seguir criándolos. Animales que viven rodeados de privilegios desde su nacimiento, hasta que parten a una plaza.

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Si la Fiesta Brava no existiera…

No hubiéramos conocido la maestría de Fermín, el de Saltillo y su diálogo tan íntimo con los toros.
No hubiera habido ninguna polémica suscitada por Lorenzo “el Ave de las Tempestades”, sin un ruedo y sin un toro al cuál enfrentarse, o del cuál huir.
Nunca hubiéramos oído hablar de Silverio y de toda su mexicanidad, su hondura y su expresión en su Tauromaquia, en su rostro y en su alma.
¿A dónde hubiera ido a parar esa verónica eterna de Morante, ese arte que se le sale del cuerpo, qué sería de él si guardara todo lo que trae dentro?
Sevilla no sería la misma sin el pellizco del Maestro Curro Romero y su Real Maestranza y su feria… inconcebible sin toros. Como inconcebible sin toros nuestra feria de Aguascalientes, importantísima generadora de dividendos y empleos para su gente.

¿De qué hubiera vivido el regiomontano Manolo Martínez? si lo que hacía era torear, con ese carácter tan parco, pero explayándose en alma y corazón con su capote y su muleta.
Nada se hablaría del gran David Silveti, “el Rey David”, quien desde el paseíllo nos transportaba a otra dimensión, casi levitando partía plaza, y luego, los terrenos que pisaba, la emoción que transmitía, un torero de un gran dramatismo y misticismo con esa Virgen de Guadalupe bordada en su capote de paseo.
¿A dónde tanta entrega que no se puede entregar? como la de José Tomás, sin poder estar cerca de lo que ama, aunque vaya su vida de por medio… porque ¿de qué sirve la vida si no es para sentirse vivo? o como dice el de Galapagar: “Vivir sin torear, no es vivir”.
¿Qué sentido hubiera tenido la muerte de Manolete, de Paquirri, del Yiyo, del Pana, de Víctor Barrio, entre otros muchos? sin una Fiesta que los inmortalizara… sin una Fiesta cuya grandeza radica en el constante diálogo de la vida con la muerte.
Porque lo que sucede en una tarde de toros no es más que la representación de la vida misma. Es un hombre enfrentándose a sus miedos más profundos; es un hombre venciéndolos; es un hombre creando belleza a partir de este triunfo de la vida sobre la muerte.
Y en ocasiones también, es un hombre vencido; es un hombre que fracasa; es un hombre con miedo.
Agustín Lara nunca habría compuesto sus magistrales pasosdobles, como “Silverio”, “Fermín” y “Novillero”.
¿A dónde iría tanto arte no expresado en las obras pictóricas de Goya, Picasso o Botero?
… genios que fueron seducidos por los toros convirtiéndolos en parte de su vida.

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¿A dónde irían tantas veladoras no encendidas, a dónde la Virgen de la Macarena y el Cristo de las Tres Caídas, sin la devoción de sus toreros y de las madres de los toreros? ¿A dónde tantas medallas e imágenes en altares improvisados en una tarde de sol y sombra?
¿A dónde la dedicación tan amorosa y desinteresada de un ganadero pensando en la cruza precisa de un semental y una vaca, para lograr un toro que embista con calidad y nobleza y sea el cómplice ideal para el torero que le toque en suerte?
¿A dónde ese caporal que ha cuidado y visto crecer una camada con el orgullo de lo que siente propio? ¿A dónde tanto olor a campo bravo? que sin Fiesta de toros perdería toda razón de existir.
¿Qué sería de los sueños de ese maletilla, sus caminos andados, sus avíos remendados, sus faenas a la luz de la luna en una plaza imaginaria llena hasta el tope?
¿A dónde la carne cosida a cornadas de tanto torero anónimo, que ha tragado arena en tanto pueblo perdido? ¿Qué hacer con sus lágrimas de rabia, sus eternas esperas ante la promesa de una fecha, su proyecto de vida… su vida misma?
¿Qué pasaría con las familias que dependen directa o indirectamente de esta actividad? Con la que alimentan y educan a sus hijos -toreros, ganaderos, subalternos, monosabios, apoderados, mozos de estoques, empleados de ganaderías, de plazas, medios de comunicación, fabricantes y vendedores de souvenirs, sastres, vendedores de cerveza, golosinas, tacos, restauranteros, hoteleros, transportistas ¿cómo se les explica que aquel trabajo que durante años han desempeñado con honradez, que han amado y perfeccionado con esmero, se los han arrebatado? como si fuera indigno, como si no valiera, como si no pusieran también ellos el corazón y a veces la vida, para desempeñarlo.

¿A dónde los muletazos que duelen? ¿a dónde lo dicho sin palabras? ¿qué hacer con el coro al unísono de un ooooléeeee largo y eterno, que de pronto se queda en silencio?…

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